Entre
los grandes psicólogos de la llamada por Eugen Bleuer, Psicología Profunda,
Jung se destaca como el único que ha interpretado lo inconsciente en función
de la naturaleza espiritual del hombre,
y el primer autor que no trató la cuestión de la experiencia religiosa
simplemente como epifenómeno, como sublimación,
o como un síntoma que debe
diagnosticarse, sino como parte válida y
auténtica de la personalidad. El contacto con los hechos religiosos –no
con los credos conscientes ni las observaciones dogmáticas- sino la íntima relación entre el individuo y las experiencias básicas
de la realidad, de lo vital, de lo cósmico, era para Jung de primordial
importancia en la formación y desarrollo del ser humano.
También señaló Jung, la falta
de significación de la experiencia vital del hombre contemporáneo, lo que
ha llevado a éste a un vacío interior, a una confusión, desorientación y
falta de sentido de la vida. Si el hombre moderno quiere encaminarse por una
senda que lo libere de su letargo espiritual, deberá encontrar su sentido de la
vida a través de la potencialidad de sus profundas fuerzas inconscientes, por
lo cuanto, afirmaba Jung, la Psique es
intrínsecamente creadora. Si el hombre actual se halla encerrado en una
trampa, es porque se apartó de la esfera
íntima de su ser, pues está en su naturaleza misma el integrarse y
construir una unidad a partir de los segmentos desarticulados de la
personalidad. La concepción junguiana del Proceso de Individuación constituye,
en esencia, un camino hacia el encuentro consigo mismo, y advierte Jung que no sólo
está dentro de las posibilidades del hombre encontrar y vivenciar el sentido de
su vida, sino que su salud psicológica así lo exige.
Además, el hombre debería adquirir un
sentido de la amplitud de la Psique y de su íntima relación con la realidad.
En este terreno, una de las contribuciones de Jung consistió en demostrar que entre muchos contenidos psíquicos, hay algunos cuya naturaleza esencial
es la de dar al hombre un punto de contacto con el mundo como Cosmos. Estos
contenidos, que son los símbolos mas
profundamente arraigados y fundamentales de lo inconsciente, configuran una
expresión no sólo de los procesos psíquicos, sino también de los principios que operan en el Cosmos. Lo que Jung
denomina Arquetipos es una manifestación en el hombre de dichos principios y
constituye un eslabón, un punto
de contacto entre el Sí-mismo y el mundo que está más allá de la naturaleza
psíquica del hombre. La Psique contiene no sólo los deseos reprimidos y
los temores ocultos en las oscuras profundidades de lo inconsciente, sino
también la experiencia de la realidad y la interioridad psíquica del hombre,
de su puesto en el Cosmos, a través de las estructuras arquetípicas. Lo
inconsciente se extiende hacia los estratos inferiores de la naturaleza animal
del hombre y alcanza también, fuera y más
allá de lo meramente humano, un contacto significativo con los infinitos
aspectos de la vida, lo que nos permite ampliar nuestro concepto y hablar, más
que de la profundidad de la Psique –tomando una frase de San Agustín—de
la Magnitud de la misma. Y es con este sentido, el
de Magnitud, que Jung imprime una dimensión nueva y necesaria a la Psicología
Profunda.
El
poder creador de la personalidad y la Magnitud
de la Psique son dos pilares en el pensamiento de Jung. Y hay un tercero
todavía: su sentido del tiempo. Este
implica la idea junguiana fundamental de que en todas las cosas opera el principio
de los opuestos. Este principio es, para Jung, la ley inherente a la
naturaleza humana. La Psique es un sistema de autorregulación y no hay
equilibrio alguno ni sistema de autorregulación sin lucha de opuestos. La función
reguladora de los contenidos, la
Enantiodromía, fue considerada por Jung como la más maravillosa de todas
las leyes psicológicas, y ha sido descubierta por Heráclito, quien influyó
notablemente en Jung.
En la antropología psicológica de Jung, la
personalidad como un Todo es denominada Psique. Psique significa originariamente alma o espíritu,
deviniendo luego en el concepto de Mente. La Psique abraza todo pensamiento,
sentimiento y conducta, tanto consciente como inconsciente. Funciona como guía
que regula y adapta al individuo en su medio social y físico, así como a
las demandas de su mundo interior.
Para Jung, la psicología no es ni biología
ni fisiología, ni ninguna otra ciencia que no sea, precisamente, ese
conocimiento de la Psique. El concepto de la Psique afirma la idea primaria de que una persona es un Todo desde un comienzo,
y no una reunión de las partes agregada por la experiencia y el aprendizaje:
“El hombre no lucha por su integridad: él ya la tiene, nace con ella”. Lo
que debe hacer en el lapso de su vida es desarrollar esta integridad inherente,
esta potencialidad hasta el máximo grado posible de diferenciación, coherencia
y armonía; y precaverse de la ruptura en sistemas parciales autónomos,
separados, conflictivos.
En su fundamento, el hombre contiene en sí un factor ordenador. Y se halla situado entre el espíritu y los instintos, entre lo interior y lo exterior, entre lo consciente y lo inconsciente: el
alma es un lugar de cruce, y por ello está determinada desde ambas
vertientes: por un lado es lo devenido, sometido como tal a un punto de vista
casual; por otro lado, el alma se halla en devenir y sólo puede ser concebida
sintética o constructivamente.
La única
parte de la mente que el individuo conoce directamente es la consciencia. La
consciencia es la referencia al yo de los
contenidos psíquicos en cuanto es percibida por el yo como tal. Luego, las
referencias al yo en cuanto no son percibidas por éste como tales, son
inconscientes. La consciencia, pues es la
función o actividad que mantiene relación entre los contenidos psíquicos y el
yo.
La consciencia no es algo idéntico a la
Psique, por cuanto ésta
representa la totalidad, el conjunto de todos los contenidos psíquicos, de los
cuales no todos evidencian el nexo directo del Yo necesariamente, es decir, no
están referidos al Yo al punto de que puede atribuírsele la cualidad
consciente.
La
orientación de la mente consciente está dada por la Función psíquica, siendo
ésta una actividad psíquica determinada,
que en circunstancias distintas permanece, en principio, idéntica a sí misma,
y permite adecuar al individuo a las realidades externas e internas. Es una
forma de apariencia de la Libido, considerada ésta como la total energía
psíquica del individuo.
El Yo
es un complejo de representaciones que constituye el centro de la esfera consciente, y que mantiene la máxima continuidad e identidad respecto de sí mismo.
El complejo del Yo es tanto un contenido
de la consciencia, como una condición de la misma. El Yo no es idéntico a
la totalidad de la Psique, sino que es un complejo entre otros complejos. Es
el organizador de la mente consciente: se compone de las percepciones,
recuerdos, pensamientos y sentimientos conscientes, y aunque ocupa una pequeña
parte de la Psique total, juega la función
vitalmente importante de ser guardián del umbral de la consciencia: a menos
que el Yo admita su presencia, una idea, un recuerdo, un sentimiento o una
percepción, pueden no llegar a ser vivenciados conscientemente, puesto que el
Yo es altamente selectivo. Provee
la identidad y continuidad de una personalidad, porque a través de la selección
y eliminación del material psíquico, el Yo puede mantener una cualidad
continua de coherencia, una trama histórico-vital, en la personalidad
individual. Por eso, es a través del Yo que sabemos que hoy somos la misma
persona que la que éramos ayer. A este respecto, la individuación y el Yo
actúan en estrecha relación ínter fundamentándose para desarrollar una
personalidad característica y en movimiento.
Más allá de la esfera de la consciencia,
en un ámbito más profundo y de mayor oscuridad, se halla lo
Inconsciente Personal. Este abarca aquellos contenidos psíquicos que han
sido reprimidos por la consciencia, y olvidados –deliberada o
inconscientemente—y también aquellas vivencias tendenciales e impulsivas que
no han penetrado en la consciencia.
El Inconsciente Personal, a diferencia de la
consciencia que el individuo conoce directamente, lo
inferimos a través de los Síntomas, de los Complejos y de los Símbolos.
Podemos considerar el síntoma como un fenómeno
de estancamiento del fluir alterado de la Libido, que se da a conocer tanto
somática como psíquicamente. Es una “señal
de alarma” que anuncia que algo esencial en la actitud consciente no está bien, no está en armonía, o es insuficiente, y que, por
lo tanto, podría producirse dilatación
de la consciencia: es decir, la producción de un estancamiento del fluir de
la Libido.
Los
complejos son partes que se han separado de la personalidad psíquica, grupos de
contenidos psíquicos que se han desunido, desgajados de la consciencia, y
funcionan autónoma y arbitrariamente, es decir, que llevan una existencia
aparte en la oscura esfera del inconsciente, desde la cual, en cualquier
momento, pueden inhibir o estimular producciones conscientes.
El
complejo se halla formado primariamente de
un “Elemento nuclear”, de un “Portador
de significación”, inconsciente y
autónomo, es decir, no dirigible por
el sujeto; y secundariamente, de numerosas asociaciones determinadas ligadas
entre sí por una tonalidad efectiva única,
las cuales dependen, en parte de la disposición
personal primitiva, y en parte, de
vivencias vinculadas significativamente al mundo externo.
El
complejo es un “Punto neurálgico”, un
centro de alteración funcional, el cual motivado por situaciones externas o
internas, se torna virulento, y puede romper mediante su fuerza el estado de
equilibrio psíquico en su totalidad y someter al individuo íntegramente a su
influencia. A través del “Descenso
del umbral de la consciencia”, de acuerdo al concepto de Pierre Janet, se
sustrae energía a la consciencia, pasando el individuo de un estado consciente
activo a un estado pasivo, de cerrazón o prisión, y permitiendo
de este modo, que el complejo ascienda al espacio de la consciencia actuando
como “cuerpo extraño”. Como el
complejo posee armonía propia, integridad y cierto grado de autonomía,
representa la imagen de una situación psíquica alterada de viva carga
emocional, y se muestra incompatible con la disposición o actitud habitual de
la consciencia: el complejo es una fuerza
psíquica, frente a la cual cesa la intención consciente, la libertad del Yo.
El símbolo
es una unidad sintética de sentido entre dos polos didácticamente opuestos: lo
manifiesto y lo oculto. Y a su respecto debe establecerse una rigurosa
diferenciación entre el concepto de símbolo y el de signo. Todo criterio
que explicite la expresión simbólica como analogía o designación abreviada,
o convencional es semiótica. En cambio, será
simbólica la concepción que declare la expresión simbólica como la mejor
formulación posible de una cosa relativamente desconocida. Será
alegórica la concepción que declare la expresión simbólica como paráfrasis
o metamorfosis deliberada de una cosa conocida. La declaración de la Cruz como símbolo del “Amor divino” es semiótica,
pues la expresión “Amor divino” designa al hecho que quiere expresarse
mejor y mas certeramente que una Cruz, que puede tener muchos otros
significados. En cambio, es simbólica la
declaración de la Cruz que, más allá de todos los sentidos imaginables, ve
en ella la expresión de un hecho ignoto aún, de un hecho místico o
trascendente incomprensible, es decir, de un hecho psicológico.
Mientras
un símbolo se mantiene vivo es que se constituye la mejor expresión de una
cosa. El símbolo sólo se mantiene vivo
mientras esté cargado de significación. Mas en cuanto alumbra su sentido, es
decir, en cuanto se encuentra la expresión
que formula mejor que el símbolo la cosa buscada, esperada o presentida, puede
decirse que el símbolo muere. Ya sólo tendrá significación histórica.
La expresión que se supone para algo conocido nunca
pasa de ser un mero signo, pero no será un símbolo nunca. Por eso es
imposible hacer surgir un símbolo vivo, es decir, “grávido
de significación”, de conexiones conocidas. Pues el símbolo así creado nunca contendrá más que lo que en él se
ha incluido.
La
instancia más profunda y asimismo la de mayor Magnitud de la Psique –el Inconsciente Objetivo o Colectivo— es la fuente de los elementos que llegan a la consciencia, y también el
punto de contacto entre el individuo y las fuerzas cósmicas supraindividuales.
La
fundamental hipótesis de Jung es que la potencialidad
de la personalidad individual no es ajena a los efectos de los procesos históricos,
y lo que ocurre en el tiempo deja su sello, no sólo en la Psique del individuo,
sino también en la continuidad del género humano.
Los contenidos del Inconsciente Colectivo
son los Arquetipos, formas o imágenes de naturaleza colectiva que se dan
universalmente como elementos constitutivos de los mitos y, al mismo tiempo,
como productos autóctonos e individuales de origen inconsciente.
Los
arquetipos son los patrones fundamentales
de la formación de símbolos, que se repiten a través de los contenidos de
las mitologías de todos los pueblos, en la humanidad entera. Son Imágenes Primordiales, expresadas desde los tiempos oscuros de la
Prehistoria de la especie humana.
El
concepto junguiano ha sido interpretado erróneamente como significando Ideas
Innatas, siendo que en realidad se trata de “Modos
heredados”, de Tendencias que se hallan engarzadas en la naturaleza de la
Psique, y que se heredan, sí, pero sólo en el sentido de lo que se hereda es
la “Estructura”, con sus tendencias intrínsecas a expresarse de determinada
manera. Las Imágenes Primordiales no
siempre son las mismas, varían según la proyeccion cultural. Si fueran
Ideas heredadas, los símbolos expresados serían siempre los mismos en todas
las latitudes, pero al no cumplirse este hecho, inferimos que lo que se hereda
son las mismas Tendencias Estructurales.
Por tanto, los Arquetipos son patrones subyacentes de la formación de símbolos,
y no sus detalles específicos.
Los
arquetipos sólo son Tendencias, Entes
Potenciales, Estructuras Virtuales, que no adquieren significado hasta no
hallar expresión en el mundo exterior, por cuanto no
percibimos los arquetipos en sí mismos, sino los arquetipos manifestados. Más
que presentarnos hechos, se nos presentan a través de los hechos: “Conoceréis
el árbol por sus frutos”.
En síntesis, los arquetipos son Estructuras
Potenciales, que anidan en el Inconsciente Objetivo, y que percibimos en la
medida en que se manifiestan, que se proyectan en el mundo exterior en forma de
Imágenes o Símbolos.
La antropología psicológica de Jung es una
de las respuestas antitéticas a la concepción del hombre que el siglo XIX nos
había legado. La idea del Homo Faber
del Positivismo y Darwinismo consistía en una visión demasiado restringida de
la existencia humana, en donde la misma se hallaba en un estado
de extrema “cerrazón”, con su hombre-animal evolucionado-económico-racionalista,
y con su determinismo biológico e histórico.
La
concepción freudiana del inconciente fue la primera herramienta intelectual
con fuerza suficiente para superar a la vieja psicología racionalista. Pero el
propio Freud no trascendió el umbral del
naturalismo antropológico, por lo que quedaron en la oscuridad ciertas
respuestas acerca de la problemática del hombre contemporáneo, esperando
que alguien proyectara a la luz de la Psicología Profunda sobre las fuerzas sociales e históricas que se ocultan bajo la
consciencia y permita comprender lo inconsciente en función de su
significado y de sus consecuencias para la vida espiritual del hombre.
La
obra de Jung está orientada en esta dirección. Su comprensión de lo
inconsciente va mucho más allá de a concepción racionalista de la consciencia.
Su interpretación de la Psique es intrínsecamente
histórica y se basa prevalentemente más en una concepción socio-cultural que
biológica del hombre –lo que lo acerca a las ideas filosóficas de
Cassirer--. Y, sin ofrecer teoría metafísica unilateral alguna, evita una
limitada posición materialista, preparando el campo psicológicamente para una penetración más
profunda de la realidad, al interpretar con seriedad el significado de la
expresión “Numinosa”.
Jung
ha sido una Fuerza-Guía que abrió el
camino a un campo nuevo, ocupándose en forma
sistemática tanto de las instancias oscuras del hombre, como de sus capacidades
espirituales integradoras. Por esta razón, se destaca como figura rectora para
quienes creen que la respuesta a los problemas modernos debe abarcar la
comprensión de los estratos profundos del inconsciente desde un punto de vista
histórico, conjuntamente con una concepción dinámica de la naturaleza
espiritual del hombre.
En
su esfuerzo por obtener una visión más amplia de la realidad, y en particular
de sus aspectos psíquicos, Jung procuró colocarse fuera de la Weltanchauung de la mente occidental de su época, en una actitud de
Epojé, para poder comprender el sentir
de otros pueblos, con sus diversas concepciones del mundo. Vivenció la necesidad
de una perspectiva más amplia de la que nos habían brindado hasta ahora
las filosofías de Occidente, y para
adquirir consciencia de las limitaciones de la personalidad europea, se nutrió,
para traducir su forma de pensar sobre los procesos psíquicos a un lenguaje
apto para la orientación occidental, en
las religiones y filosofías antiguas de Oriente. Trató de interpretar los
fenómenos psíquicos con el antiguo
material de culturas remotas, procurando unir la sutileza introvertida de
Oriente, con el espíritu extravertido y práctico de Occidente, y dando
a la sabiduría de las antiguas religiones orientales una forma tal que
pueda ser utilizada por las modernas ciencias del hombre.
A pesar de que Jung trató de indagar en las
raíces filosóficas de su propio pensamiento, siempre se defendió de la
apelación de filósofo y, sobre todo, de metafísico, y, en verdad, está
autorizado a mantener que su psicología no es una filosofía disfrazada, ya
que describe pura y simplemente vivencias humanas.
Pero, por otra parte, detrás
de estas vivencias, expresada o no, subyace toda una fundamentación filosófica,
que notablemente, no puede considerarse como la invención de una filosofía
personal, de un sistema entre los sistemas, sino
del descubrimiento de una filosofía inscripta implícitamente descifrada por él,
y que se dibuja espontáneamente en lo más profundo del espíritu humano.
Mientras
la psicología de Janet y la de Adler son representantes del pensamiento de la
Ilustración, y la psicología existencial del Estoicismo, la Psicología
compleja de Jung, al igual que el Psicoanálisis de Freud, es
un descendiente póstumo del Romanticismo. Pero el Psicoanálisis es también
heredero del Positivismo y Darwinismo, mientras que la Psicología compleja
rechaza dicha herencia y retorna a las fuentes inalteradas del Romanticismo y de
la Filosofía de la Naturaleza.
La
posición de Jung, que postula insistentemente, bajo el nombre de Arquetipo,
una naturaleza humana: “El arquetipo es
la naturaleza en estado no falseado”, ha sido calificada a veces de
postura quietista y conservadora. Empero,
quizás debamos considerar en respuesta tal aseveración, que el
conocimiento de la filosofía implícita permitirá
cercar, con armas de las que no disponían ni Kant ni Husserl, las “formas
a priori” y los “prolegómenos” de toda filosofía hecha explícita y, en el límite, extraer quizás la perspectiva de una “filosofía
como ciencia”, la misma que ambicionaba Husserl. Desde
ahora, el predominio de estas exploraciones de “Pares de Opuestos” parece
que subrayaría el carácter dialéctico de toda filosofía implícita. Ahora
bien, la dialéctica no es ni quietista ni conservadora: es un diálogo que progresa.
Así
se ve en qué sentido, estrictamente delimitado y sin embargo rico en promesas,
puede asignarse una tarea filosófica a la psicología inaugurada por Jung.
Siempre se puede objetar, en verdad, que no
existe exactamente “Dato constante”. Se han llegado a encontrar en nuestros
días espíritus impacientes de toda
estabilidad a punto de negar que exista una “naturaleza humana”, incluso una
“naturaleza” simplemente. Se denuncia este concepto como una “reificacion”,
como una abstracción realizada. Este es, en verdad, el resultado extremo y excesivo de una corriente de pensamiento que
procede del descubrimiento de la evolución. Después de haber reconocido que la naturaleza de evoluciona, se ha terminado
por acentuar tan intensamente el segundo término
en detrimento del primero, que lo ha eclipsado por completo. La Escolástica
diría, y con razón, que se llega a hablar así de un accidente sin sustancia.
Cierto que otra filosofía negará la sustancia misma. Pero estas disputas no
llevan lejos. Heráclito ya sabía que “todo fluye”.
Jung sabe también que todo se transforma y
que de este modo la filosofía implícita debe revisarse siempre. Pero mantiene,
por otra parte, con esa solidez terrena de
su pragmatismo, un sentimiento muy fuerte de lo que permanece a pesar de todo, y el descubrimiento de los
arquetipos iba a fortalecerlo en este sentimiento. Por lo demás, el pensamiento
de Jung no se dirige a una mística cualquiera de la naturaleza reputada como
infalible. Declara Jung explícitamente que el Proceso de Individuación es “Opus
contra naturam” o, por lo
menos, “Homo additus naturae”. Recordemos la divisa con la que está
solidarizado, del arte de los alquimistas: “Quod
natura reliquit imperfectum, ars parficit”. “En el mundo de las
apariencias –expresa Jung—es válida la ley del “Phanta
rai” del paso universal, y que parece que
todo lo que es verdad se transforma, y que sólo lo que se transforma continúa
siendo verdadero. Todo envejece y tiene necesidad de metamorfosis y de
renovación”
En la obra de Jung, la
oposición clásica entre el sujeto y el objeto pierde mucho su rigor, y esta
imprecisión de frontera marca tanto su práctica cotidiana, como sus
especulaciones sobre la religión. Esta
quiebra de la frontera entre sujeto y objeto, y la participación de la intuición
y del sentimiento, convierten a la suya en una psicología comprometida: no se
aparte del espectáculo, sino que queda involucrado en el mismo.
Dicha
ruptura de la línea divisoria entre sujeto y objeto acerca
a Jung a los postulados de Husserl, y a su concepto de intencionalidad, pero
esa relación se observa en diferentes niveles: Husserl es un pensador que se
despliega dentro de la esfera de la Esencia, haciéndolo Jung, en cambio, dentro
de la esfera de la Existencia. Por otra parte, Jung expresa que no quiere hacer
acto de filósofo, que se limita a seguir,
tan cerca como le es posible, los hechos, los fenómenos, que procura ceñirse a
la descripción de un dato. Parece incluso que es esta acepción, emplea casi
indiferentemente los términos de fenomenología y de empirismo, cuanto que la
fenomenología de Husserl está en las antípodas del empirismo.
El empirismo de Jung, tal como lo elabora,
está, en efecto, muy lejos de lo que se podría llamar el empirismo simple de
la era positivista. En
primer lugar, la “Experiencia” de
la que habla recuerda la de Williams James: puede
ser igualmente “experiencia religiosa” que “experiencia sensible”. Sabe
después de Bergson, que los “Datos
inmediatos” no son la experiencia bruta, sino que, por
el contrario, deben ser separadas de ésta por un trabajo de atención delicada,
que debe descartar las abstracciones sobre-impuestas: lo que tomamos por el
hecho y la experiencia, es ya una construcción, que “reifica” y que
“aliena”. Jung se encargó de denunciar, de disipar los pre-supuestos
que hacen de pantalla entre nosotros y
nuestra experiencia, entre nosotros y nosotros mismos.
A
pesar de las diferencias, la influencia de Husserl en el pensamiento actual ha
sido tan notable que una respetable autoridad como Alphonse
de Waelhens no tiene dificultad en admitir que en la base de todo el psicoanálisis,
se encuentra una verdadera intención fenomenológica.
Los términos fenomenología y fenomenológico
han sido introducidos en el vocabulario de Jung sólo a partir de 1925.
Anteriormente se hallaban ausentes de sus escritos. Jung se ha servido de ambas
voces con el propósito de evidenciar dos
características de su ciencia: la psicología fenomenológica -o fenomenología
psicológica- se opone a la sintomatología
clínica. Esta última no se ocupa más que de establecer los aspectos
salientes -los síntomas- de los fenómenos psíquicos. En cambio, la
primera se aplica a descubrir el sentido mismo de esos fenómenos: “…la
fenomenología de la Psique suministra los datos necesarios para formular una teoría
de las estructuras psíquicas” Una fenomenología de este género se propone
aprehender la estructura propia de los fenómenos. A fin de llevarlo a cabo,
no hace uso de definiciones prestadas de otras disciplinas, sino que procura
descubrir el sentido que revelan las “manifestaciones”.
Parte, en efecto, de la convicción de que los fenómenos, vale
decir, las cosas que se muestran,
encierran su propio sentido. Es, pues, menester esmerarse en descubrirlo. La
atenta consideración de los fenómenos y su inserción en el conjunto de la
vida nos confieren, por lo tanto, una comprensión profunda de su sentido
propio.
La actitud general de la fenomenología
husserliana, en tanto método que se empeña
en descubrir el sentido propio del fenómeno, tal cual se manifiesta a quien lo
examina e interroga, renunciando a formular un juicio sobre el aspecto ontológico
del mismo, es plenamente coherente con las perspectivas de Jung, y responde
a sus búsquedas. El también desea estudiar los fenómenos psíquicos sin tener
que preocuparse de una filosofía que desde afuera les prescribiera la ley
los juzgue desde el exterior, sea
que se presente como un idealismo deductivo o que asuma las apariencias de
un positivismo inductivo.
Jung se había visto confrontado con estas
dos tendencias predominantes de fines del siglo XIX, y ambas le parecían
inaceptables. La actitud de Husserl: “ir
a las cosas mismas” le pareció providencia, por cuanto ansiaba comprender
sin prejuicios lo que él llamaba los hechos empíricos (Tatsachen)
Su
fidelidad inicial al agnosticismo teórico de Kant fue el punto de mira de
muchas críticas que se le hicieron. La
abstención de todo juicio de valor –la Epojé-, en cambio, le permitió
interpretar los su actitud en una forma más dúctil. De
ella dimanan los verdaderos enriquecimientos que se deben al constante esfuerzo de
Jung por tener en cuenta los factores psíquicos en su integridad. Al
renunciar a cualquier juicio absoluto de valor, Jung supo concentrar su atención
sobre la estructura y sentido propio de universos simbólicos alejados de la
consciencia occidental, tales como el lenguaje de los sueños, la Filosofía
Hermética de los alquimistas, la historia de las religiones, las cosmovisiones
orientales, cuyas representaciones eran extrañas y hasta absurdas para un
pensamiento científico puramente causalista. Logró crear así una ciencia de
los fenómenos que hasta entonces se habían desdeñado por inadvertencia o
menosprecio.
En la obra de Jung el
Alma, que había sido expulsada de la psicología, es restituida de nuevo a
su lugar; “Wirklichkeit der Seele”. Este organismo del alma es solidario
no sólo del cerebro, sino del organismo entero, lo que nos permite hablar de un
“Psiquismo espinal”, el mismo que aparecen el pensamiento indio bajo la
figura de la serpiente Kundalini, que
con sus siete Chakras conforma verdaderos centros de consciencia para Jung.
Encontramos aquí una concepción jerárquica
que, mucho más que el dualismo tradicional, es una forma dispuesta a recibir
toda la Psicosomática de nuestros días. No es nueva, por cierto, es más bien
un retorno a una tradición de buen sentido: “Yo no tengo cuerpo, sino que soy
mi cuerpo”.
Desde el principio, los arquetipos han sido
concebidos sobre la Sincronicidad, cree ver a ésta bajo la regulación de los
arquetipos, se pregunta si esos últimos no perteneces a una trascendencia más
radical, en la que se dibujaría una especie de denominador común entre la
materia y el espíritu.
Las ideas de Jung en este campo son
ciertamente inquietantes y abren extrañas incógnitas: las especulaciones
turbadoras sobre el Principio de Sincronicidad nos invitan a sobrepasar, en último
análisis, la oposición entre el espíritu y la materia, como la dualidad del
espacio y del tiempo.
Estas concepciones de Jung subyacen en la
filosofía implícita de su antropología psicológica, la cual, partiendo de
las distintas fuentes que nutrieron su pensamiento, converge hacia una real
Filosofía de la Naturaleza, que trata de elucidar, precisamente, las leyes
espirituales inherentes a una interpretación de la Naturaleza y de la Psique.
En la misma confluyen tanto las ideas de los pensadores románticos como la de
la Filosofía Hermética, las del Irracionalismo como la de los filósofos de la
vida, la de la Filosofía del Inconsciente como las de la Simbología del Espíritu,
en un movimiento fluyente heraclíteo, y dentro de un universo como el del
milenario pensamiento filosófico chino.
En síntesis, la filosofía implícita en la
obra de Jung contempla la Unidad del hombre y la naturaleza, del Micro y del
Macrocosmos, donde la vida humana es considerada como Participación en el Ritmo
Cósmico.
El Universo es considerado como un Todo
organizado en el que cada parte se conecta con todas las demás mediante una
relación “Simpatía”.
Existe un Principio básico que se expresa
en la “Ley de Polaridades”; pares de fuerzas antagónicas y complementarias
que se unirían en la forma de Indiferencia. En el seno de la naturaleza hay
polaridades como el día y la noche, la energía y la materia, la gravedad y la
luz y, fundamentalmente, el principio masculino Yang y femenino Yin, que
sobrepasan los límites del mundo animado, y le dan a la filosofía implícita
el carácter dialéctico que la caracteriza.
En esta filosofía existe el concepto básico
de los Fenómenos Primordiales (Urphänomene),
como los Arquetipos, y la serie de metamorfosis de ellos derivada.
También se contempla el inconsciente como
el real fundamento del ser humano, por estar enraizado en la vida invisible del
Universo y ser, por lo tanto, el verdadero nexo de unión del hombre con el
Cosmos.
Relacionada con la noción del Inconsciente
se encuentra la del “Sentido Interno o Universal” (Allsinn), mediante el cual el hombre, antes de la caída, era capaz de
conocer la naturaleza, en una comunión con todo lo que lo rodea, en una
verdadera “Participación Mística”.
La cosmovisión de Jung expresa la
existencia de un Principio Vital, el que desde su originaria unidad se desdobla
y multiplica, se ramifica y diversifica, se metamorfosea, en suma, y es la gran
fuente de la vida.
Además de la naturaleza visible, la filosofía
implícita en la obra de Jung aspira a penetrar en los secretos del
“Fundamento” (Grund) de la
naturaleza, que es considerada a la vez como fundamento de la propia alma, y los
medios para alcanzar ese fundamento se encuentran no sólo en el intelecto,
sino, y sobre todo, a través del Centro Viviente del Tetraktys, que Troxler
llamó “Gemüt”, y que es análogo
al Sí-mismo (Selbst) de Jung
Y contempla, además , la
vida humana como un largo proceso espontáneo de Despliegue, una seria de
metamorfosis que constituye el Proceso de Individuación, en un eterno Phanta
rei, que convierte a las concepciones de Jung en una real Filosofía del
Devenir (Werden)
Quedan así signadas notas esenciales de su filosofía implícita en el pensamiento de Jung, y por ende, de su concepción antropológica.
Son las raíces del árbol.
El árbol es la monumental obra que Jung nos
ha legado.
Esta Obra, su Opus, vive, precisamente, para
develarnos verdades sumergidas de quien ha descendido a los infiernos del abismo
humano, para encontrar sendas en las acuciantes criptas de los interrogantes
antropológicos.
Carl Gustav Jung, al decir de Hermann Hesse, era una gigantesca montaña, y como heredero de los gnósticos y de los alquimistas, no podía evitar tomar parte en sus misterios, por más que haya intentado despejar de sombras esos caminos. A pesar de haber sido un esclarecedor, Jung estuvo condenado a ser también un mago, en su infatigable búsqueda del símbolo y su esencia.
Trató de iluminar el sentido de la vida del
hombre contemporáneo, tal como vive en el agitado y tumultuoso torbellino de la
historia, a través del hilo de Ariadna en su Opus, el cual se yergue como uno
de los pilares de sabiduría del pensamiento actual.
NOTA:
Este trabajo fue presentado en las Primeras Jornadas Argentinas de Psicología
de Jung (Buenos Aires, junio de 1981) y forma parte del libro “En el Universo
de Jung”, Editorial Trama, Buenos Aires, 1982