EL
ARQUETIPO DE LA GRAN MADRE
Por
ANTONIO LAS HERAS
El
Arquetipo de la Gran Madre tiene todos
los rasgos que usualmente han sido atribuidos a las madres en todos los tiempos.
Como todo arquetipo se manifiesta en sus dos aspectos: oscuro y numinoso.
Encontramos, entonces, dos tipos fundamentales: la madre nutricia y la madre
devoradora.
(…)
En la “Gran Madre”, en tanto
manifestación arquetípica, lo femenino aparece como principio creador
independiente del hombre personificado y por esa razón es que se la considera
“virgen” y su poder y riqueza va más allá del “principio masculino”.
Esta figura arquetípica la vemos representada en los mitos y leyendas de todas
las civilizaciones de todos los tiempos. Así, tenemos el ejemplo de la Virgen
María, de las Grandes Madres egipcias y mediterráneas, todas ellas “madres vírgenes”
portadoras de un gran poder de creación y fecundidad y a quienes, por sobre
todo, se las venera, aún hoy en día, con el objeto de que haya prosperidad,
alimento, buenos cultivos, salud, etc.
(…)
Tenemos otros ejemplos de este tipo de “madres”: los
gemelos Rómulo y Remo fueron hijos de madre virgen; el Popol Vuh libro sagrado
de los maya-quichés dice que los gemelos Hunahpu y Ixbalanqué fueron
engendrados por la joven virgen Ixquic cuando una calavera escupió su mano (“en
mi saliva y en mi baba te he dado mi descendencia”, dijo la calavera a la
muchacha).
(…)
Otros héroes, dioses, semidioses y profetas han sido engendrados sin que
interviniera el varón: la virgen Maia engendró a Buda, y, además, Hermes,
Baco-Dionisos, Adonis, Agni, Mitra, Krishna y el mismo Jesús, fueron dados a
luz por madres vírgenes.
(…)
En la mitología griega, el Arquetipo de la Gran Madre estuvo representado por
Gaia (Tierra), personificando a la Madre Tierra. En su “Teogonía” Hesíodo
relata cómo, después del Caos, surgió Gaia desafiante, y con ella la creación
de los eternos dioses del Olimpo.
(…)
En Roma, la diosa Cibeles (extraída de la mitología griega), fue venerada como
Magna Mater, la “Gran Madre”.
(…)
En la mitología nórdica, la Gran Madre
estuvo representada por la misma madre de Thor, quien era conocida como Jord, Hlódyn
o Fjörgyn. Mientras que en la mitología lituana Gaia – Žeme, también clara
manifestación de este arquetipo, era hija del Sol y la Luna, y también esposa
de Dangus.
(…)
las culturas precolombinas, en especial la incaica, creían en la Pachamama como
personificación de la Madre Tierra (Gran
Madre). Ella, junto con su esposo Inti, el dios del sol, eran considerados
deidades generosas. El culto a Inti se perdió con el paso del tiempo, pero la
Pachamama aún sigue teniendo vigencia en los pueblos de esa zona y, en especial
en el Noroeste argentino, lo que indica la fuerza energética que posee el
arquetipo de la Gran Madre. El culto a la Pachamama no pudo ser erradicado ni
siquiera con la evangelización de los aborígenes y actualmente cada 1º de
agosto comienzan las ceremonias en su honor, y, además, se le hacen ofrendas
cada vez que comienza la época de siembra y cosecha y cuando se marca la
hacienda. En este culto participan también aquellos que profesan la fe católica.
(…)
Como hemos visto, el Arquetipo de la Gran Madre puede tener dos vertientes,
puede ser benévola (nutricia) o puede tener un carácter vengativo, oscuro
(devoradora) castigando a la gente, pidiendo tributos o convirtiendo a los seres
humanos en piedras, todo dependiendo de su justicia caprichosa y de su estado de
humor.
Esta
dualidad está presente en Artemisa, la Señora de los Animales griega, que podía
ser cruel o benévola, cazadora virginal o diosa de la fertilidad. Las Grandes
Madres de la época Micénica tenían también ambos caracteres, vírgenes y
diosas de la fertilidad.
(…)
De modo
general el Arquetipo de la Gran Madre, cuando actúa como complejo psíquico
tanto en el hombre como en la mujer, implica la búsqueda del retorno a la
protección materna, a ese paraíso imaginario de plenitud y armonía, y en este
sentido está íntimamente ligado a las manifestaciones del Arquetipo del Paraíso
Perdido (…).
(…)
La
virtud que el Arquetipo de la Gran Madre desarrolla es la capacidad nutricia, de
protección y amor. Jung sostuvo que la experiencia que haya tenido el niño o
la niña con su propia madre no alcanza para comprender las características que
se le atribuyen a las figuras representativas de lo “materno”, tales como: la
autoridad mágica de lo femenino; la sabiduría; la bondad; el aspecto
protector, sustentador y generador de crecimiento, fertilidad y alimento; así
como lo secreto, lo oculto, lo sombrío; el abismo; lo que devora, seduce y
provoca miedo. Es por esto que afirmó que “…todos
esos efectos de la madre sobre la psique infantil pintados por la literatura no
provienen meramente de la madre personal, sino más bien del ´arquetipo
proyectado sobre la madre´, el cual da un fondo mitológico a ésta y le presta
de ese modo autoridad y numinosidad” (Jung, C. G. “Arquetipos e
Inconsciente Colectivo”, Paidós, Bs. As.).
La
madre personal entonces, sólo influye en el hijo o hija en la medida en que éstos
proyectan el arquetipo materno sobre
ella, y ello tiene más que ver con un desarrollo muy particular, propio de la
fantasía infantil proveniente de lo inconsciente colectivo, que con efectos
traumáticos realmente acontecidos.
Es
por esto que Jung sostenía que en aquellos casos en los que se sospechaba una
neurosis infantil, él comenzaba buscando la neurosis en la madre, pues es mucho
más probable que un niño tenga un desarrollo normal que neurótico, y porque
en la mayoría de los casos se puede demostrar la existencia de perturbación en
los padres, en especial en la madre.
Muchos
de nuestros más terribles temores están arraigados en la figura arquetípica
de la Gran Madre en su aspecto ourobórico. El terror más profundo respecto a
ese aspecto devorador del arquetipo se refleja en el mito de las vampiresas,
vigente en las culturas de todo el mundo.
(…)
El
Arquetipo de la Gran Madre
también aparece simbolizado por todo lo que sea profundo: abismos, valles,
fuentes, grutas, mares y lagos. En otras ocasiones está representado como la
casa o la ciudad que nos contiene. En general, todo aquello que se presente como
de grandes dimensiones, espacioso y con la característica de abrazar, contener,
ceñir, rodear, envolver, cubrir, preservar o nutrir a algo más pequeño,
constituyen símbolos que se refieren a la Gran Madre.
Los
humanos proyectamos este arquetipo en las respectivas madres. Pero cuando el
arquetipo no encuentra una madre biológica o sustituta disponible, tiende a
personificárselo, convirtiéndolo en un personaje mitológico – por ejemplo
– “de cuentos de hadas”; o se
lo busca a través de una institución religiosa; o identificándolo con la
“Madre Tierra” la Pachamama en regiones cordilleranas de América del Sur; o
en la figura de la Virgen María y otras tantas que se prestan para ser
depositarias de la Gran Madre arquetípica. Porque,
como señala Jung, “la Gran Madre es
ante todo un arquetipo [...] una imagen interior, eternizada en la Psyché; y
para la organización psíquica, a la vez un centro y fermento de unificación.
Algo inmutable”.
(…) Jung
explica también las causas de este fenómeno de la doble vertiente del
arquetipo y las diversas manifestaciones que hemos mencionado, en su obra
“Arquetipos e Inconsciente Colectivo”. Allí expresa: “La
portadora del arquetipo es en primer término la madre personal, porque en un
comienzo el niño vive en participación exclusiva, en identificación
inconsciente con ella. La madre no es sólo precondición física, sino también
psíquica del niño. Con el despertar de la consciencia del yo la participación
se va disolviendo poco a poco y la consciencia comienza a ponerse en oposición
con lo inconsciente, esto es con su propia precondición. De allí resulta la
diferenciación entre el yo y la madre, cuya peculiaridad personal poco a poco
se vuelve más clara. De ese modo se desprenden de su imagen todas las características
misteriosas y fabulosas y se desplazan hacia la posibilidad más cercana: la
abuela. Como madre de la madre, ella es “más grande” que ésta. No es raro
que tome los caracteres de la sabiduría al igual que los propios de la brujería.
Pues cuanto más se aleja el arquetipo de la consciencia tanto más clara se
vuelve ésta y tanto más nítida figura mitológica toma el arquetipo. El paso
de la madre a la abuela representa un ´ascenso de rango´ para el arquetipo.”
Y luego agrega que: “Al volverse mayor
la distancia entre lo consciente y lo inconsciente, la abuela materna se
transforma, por ascenso de rango, en la “Gran Madre”, con lo cual ocurre
frecuentemente que las oposiciones interiores de esta imagen se separan de ella.
Surge por un lado un hada buena y por el otro una mala, o bien una diosa benévola
y luminosa y otra peligrosa y sombría. En el Occidente antiguo y en especial en
las culturas orientales, las oposiciones permanecen a menudo unificadas en una
figura, sin que la consciencia experimente esta paradoja como algo perturbador.
Así como las leyendas de los dioses muchas veces están llenas de
contradicciones, lo mismo ocurre con el carácter moral de sus figuras.” Y
de esa manera es que surge esta ambigüedad en las diosas míticas, fieles
representantes del Arquetipo de la Gran Madre. (…).
El
presente es un fragmento de “Manual de Psicología Junguiana” nuevo libro de
Antonio Las Heras que Editorial Trama (Buenos Aires) publicará en el próximo
mes de marzo.