¿HACER CONSCIENTE LO INCONSCIENTE?
Por NESTOR COSTA
En un reciente trabajo la doctora en filosofía y
analista junguiana Sehrry Salman, refiriéndose a la meta fundamental en el
encuentro terapeútico sostiene: “El
principal objetivo del análisis junguiano no pasa por hacer consciente lo
inconsciente (por otra parte imposible desde la óptica de Jung) ni se limita a
analizar dificultades del pasado (tregua potencial),si bien ambas situaciones
entran en juego. El objetivo es un proceso: encontrar la manera de reconciliarse
con el inconsciente y afrontar futuras dificultades”. [1]Hasta
aquí la cita que nos interesa.
La propuesta es abrir un pequeño espacio de reflexión
sobre la mencionada opinión de Salman, mas allá que aceptemos plenamente que
todo análisis al ser un proceso en sí mismo viene a resultar la piedra angular
de la terapeútica junguiana. También concordamos, pero sólo en parte, en que
el objetivo prioritario no es hacer “consciente lo inconsciente”.
Precisamente lo que nos ha llamado la atención es la contundencia que sobre
este particular deja sentado la autora, al usar la frase - casi como una
advertencia - entre paréntesis: “por
otra parte imposible desde la óptica de Jung”, que a nuestro entender
requiere ciertas aclaraciones.
En primer lugar: ¿ a qué nivel se refiere la
imposibilidad?. Si Salman alude a los contenidos de lo inconsciente colectivo
– los arquetipos - obviamente tiene razón, dado que los mismos
son imposibles de ser concientizados, para ello necesitamos recurrir a
las ideaciones representativas, las llamadas imágenes arquetípicas, y a los símbolos
que son sus vehiculizadores naturales. Sólo nos basta en este sentido recordar
a Jung cuando nos dice: el inconsciente
crea una imagen que responde a la actitud consciente.[2]
Estos planteos nos llevan a recordar que cuando Jung
habla de los contenidos inconscientes en análisis, se refiere indistintamente
tanto a los personales como a los colectivos, dado que unos arrastran
inevitablemente a los otros. Llegados a este punto, debemos entonces aceptar que
lo inconsciente se hará pasible necesariamente de cierto grado de consciencia.
Leamos nuevamente a Jung cuando en relación a lo precedentemente dicho señala:
…con tal de que la conciencia esté en condiciones de asimilar los
contenidos que el inconsciente produce, o sea, de comprenderlos y elaborarlos.[3]
Por lo tanto, en la medida en que dichos productos logran surgir en el acto analítico
pasan a formar parte de la consciencia actual, generando un impulso adicional al
proceso de individuación. No es ocioso entonces remarcar que cuando hablamos de
los contenidos inconscientes que se hacen concientes, nos referimos a las
representaciones que los aluden y no de lo inconsciente en sí, que es imposible
de concientización como ya lo sostuviéramos párrafos atrás.
Sabemos que en el acto terapéutico el trabajo más
profundo se realiza sobre el eje Yo/sí-mismo,
siendo de alguna manera el norte de la labor clínica y que la acción que en
dicho campo se desarrolla es - por otra parte - un proceso dialogal entre el
analizando y el terapeuta. De este doble diálogo es de donde ha de surgir la síntesis
simbólica llamada función trascendente.
Esto es posible a consecuencia del propio dinamismo psíquico, al establecer una
suerte de feedback entre los niveles
comprometidos: la conciencia cuando logra asimilar ciertos contenidos
provenientes de los niveles profundos, genera un montante de energía que tiene
a su vez repercusión sobre lo inconsciente, conformando simbólicamente una
idea de círculo, donde todas las estructuras dejan oír su “voz”.
Recapitulando, podemos decir que sin una estructura
que posibilitara la comprensión de los procesos inconscientes, como es la
consciencia, éstos no tendrían razón de ser, porque no existiría la
posibilidad del “darse cuenta”, cuestión que podríamos ampliar mas allá
del campo especificamente terapéutico. Bien sabemos que la propia palabra
consciencia nos remite a conocimiento, así como el prefijo latino in
que forma parte inicial del vocablo “inconsciente” significa, entre otras
cosas, privación. En otras palabras, el viejo pero no por ello menos apropiado
concepto de “hacer consciente lo inconsciente” no ha perdido su vigencia
original, mas allá o mas acá de las vicisitudes que emergen de la clínica y
que necesariamente también son parte activa de todo proceso terapéutico.
[1]
Salman, S. (1999) “Principales
aportaciones de Jung” en: Introducción
a Jung, Edit. por Pollo Young Eisendrath y Terence Dawson – Cambridge,
University Press, España, pág. 108.
[1]
Jung, C.G. (1990) Las
relaciones entre el yo y el inconsciente, Paidós, Bs.As.
[1]
Ibídem.